Cuando la sonrisa del éxito se apaga: el desplome de un ídolo

¿Qué pasó con el carismático atleta que conquistó con sus lujosas gambetas, juego vistoso y sonrisa permanente el mundo de la industria del fútbol?

Una mirada sobre el transcurrir de la vida, obra y ocaso del deportista que con su talento único subió a los podios de mejor jugador del mundo y modelo persuasivo de las más notorias marcas y productos. Pero castigado por la falta de aptitud, disciplina y gestión a la hora de administrar los tiempos del éxito en los estadios comercial y futbolístico.

A minutos de la gloria…

El 13 de junio de 2006 parecía el día más glorioso para Ronaldinho Gaúcho. A los 26 años y exaltado como el mejor jugador de la tierra pisaba el césped del estadio Olímpico de Berlín acompañado de la pléyade de virtuosos brasileños que lucía arrolladora para conquistar otra Copa Mundo de fútbol.

Transcurría uno de esos momentos a los que Johan Cruyff llamó “el fútbol siempre debe ser un espectáculo”. El jugador de la ‘eterna sonrisa’ lucía radiante. Era el artista del rodaje. El nerviosismo no era suyo. Más si de los responsables de las doce marcas que desde desodorantes, bebidas isotónicas y hasta servicios bancarios confiaban sus objetivos de mercadotecnia al modelo que vio nacer un 21 de marzo de 1980 Porto Alegre, Río Grande del Sur. Creían jugar a la fija. La historia reciente así lo mostraba. Y más cuando gozaba del respaldo del equipo con la mejor materia prima del momento, el mayor número de títulos y los contratos de patrocinio de mayor cotización en la industria. Pero la incertidumbre propia del fútbol como juego de espectáculo nunca ha sido garante de la verdad previa. Ronaldo de Assis Moreira iniciaba ese día la caída de su idílico reinado comercial y deportivo. Y la selección de Brasil, privar a 209 millones personas del sueño de la sexta Copa Mundo Fifa.

El partido de la peor jugada…

Días antes del mundial alemán y con una pomposa ceremonia en sus instalaciones de Barcelona, Nutrilite, la marca de suplementos vitamínicos, minerales y alimenticios de Amway Corporation, presentaba su campaña mundial. El centro de la convocatoria y las miradas, Ronaldinho, su modelo persuasivo: dos años continuos Mejor Jugador de la FIFA y ganador en 2005 del afamado título El Balón de Oro. “Él no sólo encaja perfectamente dentro de la marca Nutrilite sino que se adapta maravillosamente a los valores de la empresa. Él está comprometido en alcanzar una salud óptima, y motiva a los demás a hacer lo mismo. Se trata de un jugador de equipo, que hace que aquéllos quienes le rodean sean mejores, y además, se divierte en el proceso”, explicaba a la nube de periodistas el patrocinador.

Luego la también estrella que acababa de contribuir con su vistoso talento a que el FC Barcelona ganara las ligas de España y de Campeones de Europa (2005/2006), tomaba un vuelo rumbo a Pekín. Era el rostro de marketing de la multinacional asiática Lenovo para su nueva campaña de publicidad y promoción de los sistemas de escritorio y computadoras portátiles 3000. El argumento de su fichaje, el discurso de alabanza que rodeaba su magia con el balón: “En el campo de juego Ronaldinho simboliza el trabajo en equipo y las jugadas de calidad mundial, y siempre está tratando de mejorar su juego. Dichas características concuerdan con los objetivos de Lenovo: creemos que el jugador representa nuestra cultura de innovación y nuestra búsqueda de la excelencia. Intensificando los vínculos que existen entre la tecnología y los deportes”.

El mundial de Alemania se acercaba y el ritual en los estadios de la mercadotecnia no paraba. Ronaldinho era el objetivo comercial del momento. Pepsi lo llevó a Estados Unidos para lanzar su campaña mundialista. La japonesa Konica Minolta lo puso a comunicar sus procesos de copiado. Viajó a Moscú para persuadir el nuevo sabor de las papas Lay’s. Chicles Trident lo encerró 72 horas en un estudio para grabar la campaña de la fiesta del balón. La coreana Hyundai lo paseo por sus fábricas hasta lograr las imágenes de la comunicación comercial con la cual reforzó el ruido de patrocinador principal de la Copa Mundo 2006. Nike lo confinó muchas horas en su laboratorio de Oregon para vestir la comunicación de la botas que con su nombre saldrían al mercado al ritmo de los juegos en los estadios alemanes.

En el previo todo era jolgorio. La crítica periodística lo rodeaba de elogios y rehusaba comentarios negativos que pudiera tocar a la estrella que se mostraba fuerte en los estadios de la pasarela publicitaria, pero totalmente desconectado de la preparación física para el gran compromiso deportivo de su vida: el mundial. “El mago del medio campo es el responsable, en gran medida, del crecimiento del prestigio de la selección brasileña. Su simpatía, unida al impresionante fútbol que ha demostrado desde que debutó en el Gremio, club del sur del Brasil, en 1999, llama la atención de decenas de empresas que desean aliar sus productos a su imagen – o a la del equipo en que él actúa. Éste es un gol para la selección brasileña”.

Los especialistas de la mercadotecnia eran cómplices del retórico momento. “Los jugadores que ya explotaron ante el fútbol mundial, sin duda, llaman bastante la atención, y todo este éxito está muy relacionado al éxito de Ronaldinho. Él es una persona alegre, que transmite una alegría de jugar y está encantando con todo el mundo. Las empresas multinacionales también tienen interés en asociarse a la magia, belleza, gracia y habilidad del fútbol brasileño porque las marcas nacionales y mundiales pueden hacer campañas que serán exitosas”, explicaba un gerente marketing, nuevos negocios y desarrollo de productos de la empresa Informidia Pesquisas Esportivas.

La consultora BBDO Germany atizaba el fuego del jolgorio futbolístico y comercial con un estudio económico que mostraba al jugador como la marca más importante de la industria con un valor en el mercado 47 millones de euros, por encima del inglés Beckham, 44,9 millones de euros; y la del también británico, Wayne Rooney, 43,7 millones.

La caída en el juego de los egos…

Todo ese creciente favoritismo para el mundial alemán que despertaba Ronaldinho convertía a la selección Brasil en la marca ideal para la persuasión de inversores de patrocinio. Todo alrededor de él y su equipo nacional era negocio.

Entre 1994, año en que conquistó el cuarto título, y 2006 en el que intentaría conquistar la sexta corona, Brasil había quintuplicado sus ingresos. Entre los contratos de patrocinio, cuotas de partidos amistosos y ventas de derechos de transmisión para la TV abierta, dejaba a la tesorería de la CBF (Confederación Brasileña de Fútbol) más de 29 millones de euros. Hasta el centro de los entrenamientos del equipo ofrecía ingresos. En disputa con otras ciudades candidatas, la localidad de Weggis, en Suiza, conseguía el honor de acoger la fase de preparación de la selección a cambio de 1,5 millones de euros. Los tres patrocinadores principales de la selección para Alemania 2006: la deportiva Nike; la operadora de telefonía móvil Vivo, y Ambev con su línea de producto Guaraná Antarctica blindaron sus inversiones con acuerdos millonarios a largo plazo.

La selección con el mejor jugador llegaba a Alemania como favorita para ganar la Copa Mundo 2006. Pero la prédica de Di Stéfano que “ningún jugador es tan bueno como todos juntos” puso a acallar las predicciones. Ni Ronaldinho, Kaká y Ronaldo pudieron evitar el naufragio de la selección. El mundial con un Brasil de egos castigó a muchos de los modelos de la industria que para el momento, en y fuera de los campos, eran los grandes referentes del mercado.

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Pero la mácula con sonido de fracaso en los campos alemanes de la selección Brasil parecía no manchar la vida productiva de Ronaldinho. El mercado de inversores calificaba su negocio como “cuota muy alta” para perder de facto la ‘lujosa mercancía’. Los patrocinadores estaban decididos a continuar el juego a pesar que el alivio resultaba más costoso que la enfermedad. En efecto, la temporada 2006 a 2007 en la empresa FC Barcelona le dictó la sentencia. El jugador apagó su sonrisa. Se mostraba cansado y con una actitud displicente en los entrenamientos; además de retrasos, ausencias, lesiones musculares y hasta filtraciones. El club empezó a revelar algunas salidas nocturnas, así como los cinco kilos de más en su cuerpo. Luego su compañero de equipo Eto’o se lanzó en contra acusándolo de falta de profesionalismo. Y las marcas comerciales que antes de la Copa Mundo 2006 competían por su imagen, iniciaron la retirada.

¿Qué pasó con el carismático atleta que conquistó con sus lujosas gambetas, juego vistoso y sonrisa permanente el mundo de la industria del fútbol?

La temporada 2006 a 2007 en la empresa FC Barcelona le dictó la sentencia. El jugador apagó su sonrisa. Se mostraba cansado y con una actitud displicente en los entrenamientos; además de retrasos, ausencias, lesiones musculares y hasta filtraciones.

Busco las respuestas en el año 2007. Todavía la estrella era materia prima (léase: jugador) de la fábrica de producción FC Barcelona. Me encuentro con un documento del periodista Daniel García Marco, que entonces trabajaba para la Agencia Alemana DPA. El comunicador se adentro en una noche de Ronaldinho por la romántica Barcelona. En su crónica (abajo referida) encontramos los peligros que acechan el entorno social de un deportista cuando su mentalidad y ambiciones son débiles frente a la gestión del éxito: un suceso que marcó el prematuro ocaso de la estrella brasileña.

El efecto carnaval toda la vida

Ronaldinho baila, baila y baila. Son las 5:15 de la madrugada en Castelldefels y el futbolista está lejos de dar por acabada su noche de fiesta. A unos 1.400 kilómetros sus compañeros de equipo duermen: al día siguiente deben enfrentarse al Manchester United, el partido que terminó con derrota y puso fin al proyecto que el brasileño alguna vez lideró. A esa hora de la madrugada el crack brasileño ya se despojó de su camisa blanca, y baila reggaeton con bellas mujeres en la discoteca Sandunguita, en la que es el centro de atención en una noche con claro carácter brasileño en la localidad sobre el Mediterráneo, ubicada unos pocos kilómetros al sur de Barcelona.

Siete horas antes, a eso de las 22:30, Ronaldinho cena con seis amigos en el Casanova Beach Club, restaurante y pub de reciente inauguración en el Paseo Marítimo de Castelldefels. La elegante terraza con vistas al mar está cerrada en la fresca noche del lunes 28 de abril. En el interior sólo hay una mesa ocupada, además de la del futbolista, que disfruta de un rodizio brasileño con chuletas de cerdo, vacío y picanha (picanya, según catalaniza el restaurante). De postre, un suculento buffet de tartas. El rodizio sustituyó esta vez a la habitual pasta y pizza del cercano Casanova, restaurante propiedad del italiano Mimo, dueño también del Casanova Beach Club, además de amigo y protector del brasileño. El nuevo local no dispone aún de esa ‘impronta Ronaldinho’ del Casanova. Mimo reservó en la acogedora pizzería un lugar de preferencia para el brasileño, que suele acudir de noche acompañado de amigas, familia o con su habitual grupo. Lo que más destaca en Casanova es El rincón del Crack, una esquina del local en la que se sientan siempre Ronaldinho y compañía para degustar spaghetti carbonara y entrecotte. De beber, Clara (cerveza con limón). A veces, vino. Muchas noches invita la casa. ¿Propina? Aveces 12 euros. Aveces, nada.

Si por algo destaca el “rincón” es por su mural. En él aparece pintada la figura del delantero vestido de azulgrana, con los brazos extendidos en cruz sobre la ciudad de Barcelona, a modo de Cristo del Corcovado en Río de Janeiro. Un Cristo redentor que parece haber perdido su aura. “Es siempre muy atento con los clientes que se acercan, sobre todo con los niños”, comentan a la agencia de noticias DPA empleados del local. Ronaldinho firma cuantas camisetas azulgrana haga falta. Y así lo demuestra la noche del lunes. Un padre y su hija, con una camiseta azul turquesa, la segunda del equipo, entran al Casanova Beach Club, y Ronaldinho atiende a la niña con una sonrisa.

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El delantero y compañía abandonan el Casanova Beach Club y llegan al Sandunguita a la 1:15. Hoy dejaron el Hummer en casa y se mueven en dos Range Rover. Todos lo esperan. Es lunes y hay fiesta brasileña en el local, un reducto caribeño de Port Ginesta, cerca de Castelldefels, un pueblo sin glamour en el que vive el jugador. Reparte besos y abrazos. Sobre todo, besos. Todos lo conocen, y los que no, buscan conocerlo. Pide cerveza, y todos los presentes, muchos brasileños, posan su mirada en su figura alta, musculosa, con cinta oscura en el pelo, camisa y camiseta interior de tirantes blancas, jeans y zapatillas blancas.

A las 2:00 sus amigos afinan voces e instrumentos. El reggaeton y la Umbrella dejan paso a la samba y el funk en directo. Ronaldinho canta, toca los timbales y la pandereta. Y baila, baila sin parar. Invita a cervezas. Y baila. Hasta media en una pelea. No quiere que nadie le arruine la noite mais linda. Baila sin rastro de la lesión de aductor que le impide dormir a esa hora junto a sus compañeros en Manchester. En lo futbolístico fue un buen día para Ronaldinho, ya que por la mañana volvió a correr sobre el césped tras semanas sin hacerlo. Sobre la pista tiene buen movimiento de cadera y de cintura, algo que bien recuerdan muchas defensas.

A las 4:00 suena el célebre ‘Más que nada’, se acaba la música brasileña y empieza otra vez el reggaeton por culpa del D.J. Y la noche sigue. Es tiempo de quitarse la camisa. Con su camiseta de tirantes blanca, el brasileño, rodeado de bellas mujeres, demuestra todo su arte como bailarín. “Cierra a las cinco”, dicen. Pero pasada esa hora la Sandunguita sigue abierta, y Ronaldinho, bien acompañado, muestra la sonrisa que hace tiempo no enseña en las canchas”.

Catorce años después, el pasado 4 de marzo, la industria del fútbol fue inundada de información sobre la detención policial contra Ronaldinho y su hermano. Ocurría en Paraguay. El lío se armó por presentar documentación falsa al ingresar al país. Hoy tras las rejas, la fiscalía sospecha que esta otrora estrella del balón y su hermano forman parte de una banda dedicada a lavar dinero. Antes, por impago de deudas con el Estado, la Justicia brasileña embargó sus propiedades y confiscó sus pasaportes, el brasileño y el español.

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