Dopaje, el mea culpa más falso

Rolfe Hugo Buitrago
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Las industrias farmacéutica y de biotecnología toman el cuerpo del atleta como conejillo de Indias para el ensayo clínico de sustancias, medicamentos y métodos tras el pretexto de estudios científicos en beneficio de la salud. Lo hace probando ayudas para romper cronómetros con cuerpos pinchados de sustancias estimulantes para potenciar artificialmente el rendimiento del organismo del deportista.

Algunos de sus tubos de ensayo llevan el nombre de Yelena Isinbáyeva (foto), estrella del salto con garrocha y doble campeona olímpica; Serguéi Shubenkov, campeón mundial de 110 metros; Iván Újov, campeón olímpico de salto de altura y María Sharápova (foto), la reina del tenis profesional. Sus experimentaciones van patentadas con la firma de la llamada comunidad científica, gestora de las millonarias industrias farmacéutica y biotecnológica. Suficiente rótulo para no despertar sospechas y responsabilidades “en caso de”. 

Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa
“Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa”

Esa antiquísima locución latina glorificada por la égida católica para persuadir a sus fieles de “aceptar el pecado como excusa de perdón” y propagada por el castellano bajo el estigma de “eternizar la culpa si se oculta”, se transfiere hoy al deportista como responsable de un acto delictivo del cual solo es la víctima por permitir que su cuerpo experimente la maquiavélica fórmula del “Rendimiento Perfecto” inventada por una horda científica que busca la perfección atlética a costa de la obediencia y los falsos preceptos de un juego limpio que la multinacional COI (léase: Comité Olímpico Internacional) exporta a sus más de 200 naciones bajo el lema “más rápido, más alto, más fuerte” (citius, altius, fortius, por su significado en latín) para ampliar un arquetipo de pureza que valora los objetivos comerciales de su negocio.

A partir de este ensayo clínico, la industria científica encontró en el cuerpo humano el laboratorio perfecto para probar la “Excelencia del Rendimiento”. Pero no con la ciencia como el “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente”. Lo hace probando ayudas para romper cronómetros con cuerpos pinchados de sustancias estimulantes para potenciar artificialmente el rendimiento del organismo del deportista.

Ellos, las industrias farmacéutica y biotecnológica, magnificada por investigadores, médicos, científicos y negociadores de la salud son los fabricantes y distribuidores de las SUSTANCIAS ESTIMULANTES que actúan sobre el cerebro y estimulan el cuerpo tanto mental y físicamente.
 Son los fabricantes de las medicinas contra el dolor de más poder conocidas en el mundo del dopaje como NARCÓTICOS ANALGÉSICOS.
 Son los productores de los compuestos naturales o manufacturados que actúan igual a la hormona testosterona y patentados en el mercado farmacéutico como AGENTES ANABÓLICOS.
 Son los productores de las sustancias que ayudan a eliminar los fluidos corporales y clasificados en las farmacias como DIURÉTICOS.
 Diagnostican y formulan las sustancias producidas por el cuerpo para controlar funciones específicas como el crecimiento, la producción de células rojas de la sangre y la sensación de dolor. Léase: HORMONAS.
 Son los que administran el DOPAJE CON SANGRE. Quiere decir, la administración de células rojas a un competidor para aumentar la capacidad sanguínea de distribución del oxígeno.
 Son los mismos encargados de los MANIPULACIÓN DE MUESTRAS. No es otra situación que el uso de sustancias o métodos para alterar las muestras de orina. Vale decir: Utilizar la orina de otra persona en la muestra, o el uso de epitestosterona o bromantán.
 Son los que han desarrollado estratagemas avanzados con la biotecnología como el DOPAJE MECÁNICO.

Sin el mínimo reato de ética y respeto humano por sus consumidores, las industrias farmacéutica y biotecnológica inundan los mercados con sus productos bajo la persuasión de prevención, bienestar y salud. Pero sus tubos de ensayo (los deportistas) que logran llegar a la gloria sin que la experimentación les sea detectada, están condenados. No pueden abandonar la marca del “mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa” porque sus vidas se acortan tras los efectos de la maquiavélica fórmula del “Rendimiento Perfecto”: Coágulos, recarga del sistema circulatorio, enfermedades por las transfusiones; pérdida de concentración, balance, coordinación, somnolencia, náusea, vómito, constipación, desmayo y coma; daño renal, desarrollo de senos, calvicie prematura, disminución y endurecimiento de los testículos, esterilidad e impotencia, acné, agresividad y apetito sexual; desarrollo de características masculinas incluyendo vello facial, tono de voz más grave, períodos irregulares, agresividad; crecimiento anormal de las manos, los pies, el rostro y los órganos internos; aumento de la viscosidad de la sangre con el riesgo de apoplejía, ataque cardíaco y muerte.

Lo patético de estas trampas mercantiles de consumo farmacéutico (léase: “sustancias reguladas en el mercado”) es que además de autorizados por los organismos de salubridad pública son vigiladas por las multinacionales del deporte como el holding olímpico COI (Comité Olímpico Internacional) y su brazo médico, la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) que intenta minimizar con una cortina de humo llamada “El pasaporte biológico” (modelo matemático que recoge varios análisis de sangre y orina a lo largo de un periodo de tiempo), disimular cualquier efecto negativo sobre su mercado de inversores de patrocinio culpando a su propia materia prima (deportistas) del error. Lo sospechoso es que los responsables de evitar la trampa desde los laboratorios científicos del COI (matrices médicas de sus Comités Olímpicos Nacionales o filiales), forman en la misma comunidad científica de las industrias inventoras de lo prohibido con el rótulo de especialistas en medicina deportiva.
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Hoy el mundo conoce que una comitiva de al menos 68 atletas rusos no podrá asistir a los Juegos Olímpicos de Río 2016 luego de que una investigación de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) arrojara que en los Juegos de Invierno de Sochi 2014 ese país orquestó un “sistema de dopaje promovido por el Estado”. También que el dopaje ruso no era solo en atletismo y de unos cuantos deportistas, sino que se implantó una política de Estado para encubrir los positivos en las competencias oficiales y hacer trampa en los eventos deportivos (unas 580 muestras entre unos 30 deportes diferentes – según el “Informe Mclaren”).

Pero infortunadamente el encubridor médico, científico, farmacéutico y biotecnológico no aparece ni comparecerá ante ningún estrado judicial o moral como sí ocurre y sucederá  con los presuntos “deportistas criminales”. La trampa engendrada por la ciencia médica en los cuerpos de Yelena Isinbáyeva, Serguéi Shubenkov, Iván Újov; de la Sharapóva, e incluso, en el del ciclista estadounidense Lance Armstrong, confeso del consumo de sustancias prohibidas durante la mayor parte de su carrera, especialmente durante las siete vueltas a Francia que ganó, deberá ser ocultada para no manchar el nombre de marca de los laboratorios ni la de los científicos responsables de los ensayos. Ellos son la parte sustantiva de la cadena de valor del “producto deporte” en calidad de inversores de patrocinio. Pero para la materia prima del espectáculo (el deportista) no tendrá siquiera el beneficio de la duda sobre su inocencia. La historia lo marcará: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa”.




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