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Marketing y gestión de negocios | Julio 26, 2017

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La diferencia entre un balón de micrófono y el chutado por el jugador

La diferencia entre un balón de micrófono y el chutado por el jugador
 

Hay. Y mucha. Y la controversia parte de los límites del respeto, la tolerancia, y más allá, de entender que el balón dirigido desde el micrófono por la voz de un periodista rueda a más velocidad y con mayor efecto que el chutado por un jugador en el campo.

El símil me permite clarificar que es más ruidoso y rentable utilizar la voz para calificar o desacreditar a un deportista desde un aparato amplificador con apenas el jadeo de la dicción que usar la razón para conocer y juzgar sobre el esfuerzo físico, la disciplina táctica y los estados de ánimo que el atleta deberá gestionar en el campo juego y en segundos para resolver con precisión la velocidad y el objetivo del balón antes que una decisión suya tenga como fin deleitar a los actores del micrófono.

Una imagen del volante colombiano James Rodríguez con la mano derecha descubriendo el gesto que en la cultura hispana simula “pistola” o “peineta” con un mensaje de rechazo contra el ambiente que el micrófono propaga por la actuación de la selección de fútbol en los recientes juegos de la eliminatoria a la Copa mundo de Rusia 2018 y el momento de un jugador salpicado por un escándalo de violencia intrafamiliar, ha despertado la frágil y cíclica discusión sobre los límites del respeto entre los íconos que la sociedad toma como suyos para alimentar el apego emocional (deportistas) y la responsabilidad de los titulares del micrófono (periodistas) en el uso racional del mensaje a un consumidor que se nutre de las pequeñas gestas de sus ídolos.

Esa es la peligrosa señal del lindero que los jugadores del micrófono no han sabido identificar y la línea que ha hecho del mojón un lindero invisible para confundir las fronteras del respeto, la admiración y la crítica edificadora con el sarcasmo, el patrioterismo y el amarillismo hasta socacar los estados de ánimo de la materia prima de su trabajo, y activo principal de una cadena de producción de la cual ellos, también hacen parte (periodistas).

En Colombia como en toda la América que habla español, la prensa deportiva se viste de jugador, entrenador, autoridad de juzgamiento, dirigente y patrocinador a la hora de entrar a la cadena de producción. Asumen que con ese vestido se blindan de “patente de corso” para mover el balón con el jadeo de la dicción desde un micrófono como la estrategia más certera para mostrar credibilidad ante un consumidor que cada día se aleja de su perfil demográfico (audiencia) gracias a la socialización digital y su mundo de las 5 pantallas: aquél que no acepta imposiciones de las marcas de medios sino que es suyo el poder para decidir el qué, cómo y cuando.

Sufrir la mutación a un comunicador con el discurso de la razón para conocer y juzgar sin que el apego emocional altere su mensaje persuasivo y menos confundir las fronteras del respeto, sería el juego más divertido y práctico de un periodista deportivo para volver a la credibilidad sin el ego por vestirse con un traje fuera de medidas y de unas habilidades físicas propias de los atletas y no de los que por vocación jadeamos micrófono en el ejercicio impetuoso de la información en cualquiera de sus formas y variedades.

La “pistola” del 10 de la selección nacional de fútbol de Colombia a los periodistas, más que una ofensa o grosería, es una manifestación que pide visibilidad sobre los linderos que separan los límites del respeto entre el deportista como modelo persuasivo de la sociedad y el comunicador  que obra como interlocutor del apego emocional de esa sociedad.

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